La ciencia ha tenido a lo largo de nuestra historia una irregular presencia: grandes La ciencia
ha tenido a lo largo de nuestra historia una irregular presencia: grandes esfuerzos por la institucionalización
de la actividad científica en nuestro país se han sucedido a largos periodos de abandono. Esta situación ha
tenido su equivalente en la formación de colecciones de objetos de interés científico y en la constitución de
museos de ciencia.
Las colecciones
científicas que Felipe II centralizó en El Escorial o los gabinetes de
Máquinas o de Historia Natural, en el siglo XVIII, son
magníficos precedentes de
museos de ciencia; pero en algunos casos estos esfuerzos no
tuvieron continuidad y el
devenir histórico, en otros, determinó el ocaso de los
centros y colecciones, cuando no
su destrucción. Además, el carácter utilitario de los
objetos científicos los hacía poco
atractivos como piezas de valor artístico y, por tanto, eran
bienes poco susceptibles de
constituir colecciones temáticas de entidad dignas de ser
conservadas. Si otros objetos
culturales (óleos o libros, por ejemplo) se conservaron en
colecciones reales o
nobiliarias, para integrarse en el siglo XIX en museos o
colecciones nacionales (tal es el
caso del Museo del Prado o de la Biblioteca Nacional), el
patrimonio científico español
permanecía disperso por instituciones científicas o administrativas
de la más diversa
condición, custodiadas por eruditos o funcionarios más o
menos diligentes.
En los últimos
años de la década de 1960 se dieron los primeros pasos para el
establecimiento de un museo de ciencia, que no prosperarían
hasta 1980, cuando un
real decreto creó el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.
El Museo nació como
ente administrativo sin colección. El primer objetivo de sus
gestores habría de ser, por
tanto, constituir una colección de instrumentos y material
científico sobre la que el
nuevo centro pudiera acometer su labor de conservación y
divulgación.
En estos años de
existencia del Museo se han utilizado profusamente los diversos
mecanismos posibles para la formación de una colección
museológica (compras,
donaciones, depósitos o cambios de adscripción entre
instituciones públicas) hasta
constituir una notable colección de más de 10.000 piezas. El
primer gran logro en la
formación de la colección fue la incorporación de más de
1.000 objetos procedentes
del Instituto de Enseñanza Secundaria San Isidro de Madrid.
Este Instituto, que desde
mediados del siglo XIX había sido el centro de referencia de
la capital, había heredado
una rica colección de instrumentos procedentes de la
Academia de Matemáticas
creada por Felipe II, el Colegio Imperial y los Reales
Estudios de San Isidro. La colección
cedida al Museo estaba formada por instrumentos de física,
astronomía, geodesia,…
etc., datados entre los siglos XVI y XX.
La colección del
Instituto es excepcionalmente rica, y en ella destacan una ballestilla y
un astrolabio universal. La ballestilla era un instrumento
de medición astronómica y
topográfica habitual en las edades media y moderna, la
custodiada en el Museo es una
de las dos únicas conocidas elaboradas por el prestigioso
instrumentista flamenco
Arsenius: una incompleta en el British Museum y la pieza,
completa y bien conservada,
del Instituto madrileño. Los astrolabios, piezas en
ocasiones profusamente decoradas,
son instrumentos que permitían determinar las posiciones
estelares y realizar
mediciones de geodésicas y topográficas. Se han conservado
numerosos ejemplares de
este tipo de instrumentos, e incluso hay museos que cuentan
con numerosas y valiosas
piezas; el depositado en el Museo Nacional de Ciencia y
Tecnología ha sido atribuido a
Gualterius Arsenius.
Las dos
mencionadas son probablemente las piezas más valiosas de la colección, pero
hay otras de indudable valor historicocientífico y
artístico: el conjunto de instrumentos
del siglo XVIII tienen indudable valor por sí mismos y por
estar asociados a un
momento estelar de la actividad científica en nuestro país.
Entre éstas destaca una
notable colección de microscopios, de telescopios o una
bellísima esfera armilar
fabricada en Londres por George Adams. Junto a estas piezas,
la delicada y bella
colección de maquetas mecánicas incluidas en la colección
proporciona un magnífico
muestrario de material pedagógico utilizado en la España
dieciochesca y
decimonónica.
Importante
incorporación a los fondos del Museo fue el depósito de un conjunto de
más de 700 piezas de la Facultad de Física de la Universidad
de Madrid, que tuvo lugar
en el año 1995. Esta colección, oportunamente catalogada, ha
sido profusamente
estudiada y un completo catálogo está en fase de
publicación.
En conjunto, el
depósito del Instituto San Isidro y de la Facultad de Física hacen de la
colección de instrumentos del Museo Nacional de Ciencia y
Tecnología la más notable
del país en las diversas disciplinas de las ciencias
físicas, entendidas éstas en el sentido
más amplio posible: astronomía, topografía, geodesia,
óptica, magnetismo, mecánica,
etc.
El Museo cuenta
igualmente con una notable colección de piezas de tecnología. En
líneas generales la incorporación de estas piezas responde a
donaciones o cambios de
adscripción de otras instituciones de ejemplares
independientes o a pequeñas
colecciones, y no como en los casos anteriormente citados a
depósitos de grandes
colecciones de coherencia temática. El Museo ha logrado, no
obstante, formar un
conjunto orgánico de instrumentos que ejemplifican
perfectamente la evolución de los
diversos elementos tecnológicos y herramientas. Una
sugerente colección de
teléfonos, de receptores de radio y televisión, de
telégrafos muestra el desarrollo de
las comunicaciones; una notable selección de automóviles y
motocicletas presenta los
hitos de los transportes. Mención especial merecen el
conjunto de aparatos de
cinematografía (linternas mágicas, praxinoscopios,
zootropos, proyectores, etc.) y de
sonido (pianolas, fonógrafos, gramófonos, magnetofones,
etc.), estos últimos
acompañados de sus cilindros de cera, discos de pizarra o
vinilo. Los relojes cuentan en
el Museo con una rica representación: junto a relojes
solares figuran ricos relojes
mecánicos del siglo XVIII y XIX.
Menos
representadas están las secciones de química y biomedicina, a pesar de que las
segundas cuentan con ejemplares procedentes de hospitales,
dispensarios y centros
de investigación biológica, a los que debe unirse la
reciente adquisición de una
completa muestra de instrumentos sanitarios.
En todo caso el
Museo Nacional de Ciencia y Tecnología cuenta con una notabilísima
colección de más de 10.000 piezas, de las cuales sólo está
expuesta una pequeñísima
porción (algo más de 200). Esta exigua proporción debe
hacernos reflexionar acerca de
la paradójica situación que ha vivido en sus casi veinte
años este Museo: nacido “en la
Gaceta” (para decirlo al modo decimonónico), sin colección,
ha logrado formar un
importante fondo que recoge, bien que parcialmente, muestras
de nuestro pasado
historicocientífico. No obstante, la sempiterna penuria
económica y la falta de una
decisión política firme han impedido el desarrollo
equilibrado de la institución, que
cuenta con escaso personal y continuos agobios de espacio en
su área de exposición y
almacén.
Esta situación
intentó paliarse hace unos años (entre 1996 y 1999) con un proyecto de
investigación novedoso y ambicioso: el Museo Hispano de
Ciencia y Tecnología.
Desarrollado por el propio Museo Nacional y por el
Departamento de Ingeniería
Telemática de la Universidad Politécnica de Madrid y con la
colaboración de múltiples
organismos con colecciones científicas de valor histórico
(Museo Naval, Museo de
Farmacia Hispana, Museo de Farmacia Militar…), el Museo
Hispano pretendía
presentar, utilizando las nuevas tecnologías, información
sobre el patrimonio científico
depositado en cada una instituciones colaboradoras. Los
resultados tangibles de dicho
esfuerzo fueron un CD-ROM que recogía una selección de las
piezas de cada centro;
posteriormente, la información de este CD-ROM se trasladó a
un servidor de Internet
http://mhct.mnct.mcu.es/ El proyecto, que debía combinar la
potencia de búsqueda
de las bases de datos informatizadas, la capacidad
multimedia de Internet y la labor
divulgativa de los profesionales del Museo no pudo completar
la totalidad de sus
ambiciosos objetivos y no fue, en último término, capaz de
transformarse en un
programa de inventario y difusión del patrimonio científico
español.
En los últimos
meses la constitución de la Fundación de Apoyo al Museo, que intenta
aportar financiación y solidez institucional al centro,
parece apuntar nuevas
esperanzas. ¡Ojalá puedan cristalizar en un centro de
referencia para nuestra historia
intelectual y científica!
Alfredo Baratas Diaz
Departamento de Biología Celular, Universidad Complutense de MadridRef. Universidad de Valencia, Metode, Anuario 2000/52
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